lunes, 12 de octubre de 2009

La semilla indestructible. Helen Umaña


"La década perdida" es una expresión con la cual, entre otros matices, se indica que, en los años ochenta, los movimientos insurgentes en Centroamérica fracasaron en tanto no hubo una inmediata toma del poder. Esto último es cierto. Sin embargo, la semilla que se sembró a costa de millares de muertos, torturados, exiliados y desaparecidos siguió gestándose. En El Salvador, el movimiento que en esa época fue criminalizado ahora hace gobierno. En Guatemala, el sector indígena —que en gran medida se incorporó o apoyó a la guerrilla— cada vez toma mayor impulso y, actualmente, integra uno de los movimientos étnico-culturales reivindicativos más vigorosos en Latinoamérica. Las transformaciones, aunque lentas, caminan. No hay, pues, tal «década perdida». Cada lágrima y cada gota de sangre derramadas no cayeron en terreno estéril y baldío. Son y seguirán siendo partículas de energía en la gran espiral del bregar humano hacia estratos más justos y equitativos.

Ello tiene explicaciones lógicas. Con sólo mirar en torno (vr. gr., los fenómenos naturales) advertimos que cada hecho tiene una causa y, a la vez, genera consecuencias. Esa es la gran cadena de la vida. Lo que ocurre en el mundo de la naturaleza, también se da a nivel del individuo y de la sociedad. A una acción sigue una reacción. Esa es la gran cadena de la Historia. En una especie de sabiduría que rige el universo, nada se pierde en el vacío. Llega a un punto de crisis; estalla y renace con nuevos bríos.

El 28 de junio, coludidos todos los sectores de poder (ejército, burguesía empresarial, sistemas judicial y legislativo, dirigencias del bipartidismo, capos de los medios masivos de desinformación, jerarquía eclesiástica ligada al Opus Dei, pastores evangélicos…) ejecutaron una serie de acciones delictivas (elaboración de una carta falsa, asalto a mano armada y expulsión del país del titular del poder ejecutivo, aderezamiento de amañadas y posteriores órdenes de captura…) en contra de Manuel Zelaya Rosales, legítimo Presidente Constitucional de Honduras. Un auténtico golpe de Estado no obstante el maquillaje lingüístico con el cual pretendieron ocultar la ruptura ilegal del orden institucional. La fractura artera y antidemocrática al Estado de derecho. Agréguese, a ello, la mentira manipuladora que difundieron nacional e internacionalmente aduciendo falazmente que la cuarta urna giraba en torno a la reelección de Mel Zelaya. Mentira sobre mentira.

Leyendo mal los signos sociales, los golpistas creían que, pasadas una o dos semanas, todo volvería a la normalidad. Todavía resuenan en mis oídos las voces de los locutores radiales y televisivos llamando a la ciudadanía para que se presentase a sus trabajos, escuelas, universidades, etc., ya que aquí había orden y la ley no se había quebrantado. Una monstruosidad jurídica que hasta los neófitos advertimos.

Además, había un ingrediente que su odio y ceguera, no les permitió ver y sopesar. En la mayoría desposeída, Mel había sabido sembrar esperanzas en un necesario y posible cambio de vida. En un pueblo con uno de los índices de pobreza más aterradores del mundo, ese frágil resquicio hacia un futuro mejor había prendido con inusitada fuerza. En las capas marginadas de la población, que ya no creían en políticos tradicionales, la cuarta urna podría dar paso a una nueva Carta Magna en la que ellos —los sectores históricamente oprimidos y preteridos— podrían tener una participación activa. Ese es el gran legado de Mel Zelaya y que la historia futura tendrá que reconocerle: sembró la ilusión. Permitió visualizar un horizonte sin los lastres de la miseria y la desigualdad. Hizo ver y sentir que el pueblo tiene las llaves de su propio destino. Alimentó la esperanza en aquellos a quienes el bipartidismo sistemáticamente ha venido engañado desde hace más de cien. Insufló, pues, un sentido de dignidad y autoestima colectiva. Y cuando un pueblo o un individuo alcanzan ese estado de consciencia, todo ha cambiado para ellos. Es un estado de iluminación interior frente al cual nada pueden las fuerzas negativas y antagónicas. Nada hace renegar de esa perspectiva renovada de enfrentar la vida.

La semilla que Mel sembró cayó en terreno fértil, pronto para la cosecha. De ahí que, sea cual sea el resultado de las componendas del supuesto «diálogo» que busca superar la crisis actual, ella está más viva que nunca. Es, justamente, la esencia de la Resistencia, ese movimiento de masas que ha dejado boquiabierto al mundo. No son cuatro, ni cien. Son millares y millares de hondureñas y hondureños los que, sobre todo en dos ocasiones (las multitudinarias marchas hacia Tegucigalpa y San Pedro Sula desde los cuatro puntos cardinales del país y las extraordinarias «celebraciones» del 15 de septiembre) y desafiando la más brutal de las represiones, demostraron su formidable fuerza.

La supresión de las garantías constitucionales —el cavernario estado de sitio— no ha «rebajado» la determinación de la Resistencia. Al contrario. Por elemental respuesta, las agresiones incrementan la rebeldía. Tampoco la imposición de unas elecciones manipuladas y fraudulentas altera el objetivo básico alimentado en cada acto de protesta: impulsar los mecanismos hacia lo único que podrá sentar las bases de un auténtico equilibrio social: la redacción, mediante un amplio consenso que no margine a ningún sector, del gran libro que reglamente, al centavo (para bloquear las falsas salidas de los leguleyos), cada aspecto de la vida política, jurídica y social del país: la nueva Constitución de la República. Esa es la irrenunciable meta.