martes, 16 de diciembre de 2008

La Venus de Currusté

La Venus de Currusté y la historia del arte del Valle de Sula
Rodolfo Pastor Fasquelle

Aunque la figura está casi lista para su exhibición, para conocerla todavía hay que recurrir a las fotografías. Aún no hay dibujos y su reconstrucción está en proceso. Varias fotografías improvisadas empezaron a circular y dejaron a los conocedores alrededor del mundo sin aliento. Se trata de una escultura de barro, probablemente fabricada por manos femeninas, ya que no hay evidencia de que (entre los costeños cultivadores que todavía conservaban una dimensión de cazadores y pescadores) los hombres se encargaran de la elaboración de la cerámica. La gente llega al Museo, periodistas y mortales, y piden que les enseñen la Venus, en cuya laboriosa restauración han trabajado con esmero durante meses Doris Sandoval y David Banegas, con inversión de parte del I.H.A.H. y la colaboración de CEPREHON que ha puesto a la orden a su personal, sus instalaciones y talleres. Ya es madre del Valle: La Venus de Currusté.
La llamada “Venus”, de un metro y medio de alto, será exhibida con pompa y alegría en los próximos días. Tal vez fue una arbitrariedad denominarla así. Venus es un nombre genérico para figuras femeninas que encarnan por supuesto la fertilidad y por tanto la sexualidad. La de Nuremberg había sido antes mi favorita. A esa categoría corresponde la iconografía de esta pieza. Nada que ver con las modelos del Playboy, ni con la griega de Milos. Y, aunque los arqueólogos no han terminado de aceptar mi analogía, mucha gente ya conoce esta figura como “La Venus de Currusté”, y sospecho que difícilmente perderá el apodo. Ahora que la vemos casi terminada, no se parece a las bellísimas figuras eróticas de los templos hindúes, como anticipadamente sugerimos varios de nosotros (T. y B.) Como cualquier obra maestra de gran arte, la de Currusté no se parece a ninguna otra. Es ella misma, absolutamente individual, pieza perfecta de representación.
Hembra de barro, con dos bellísimos pechos henchidos y desnudos, acariciados por un objeto colgante que podría ser la piel de algún animal, acaso de un ofidio. Vestida, con una falda larga, sobre la que cuelgan dos bolsas, a cada lado de la cintura, que supongo llenas de sustancias valiosas y en su espalda un pequeño bulto amarrado con mecates.
Decorada su casi desaparecida cabeza con unas grandes orejeras y un tocado que también aparece en cien figurillas femeninas, más contemporáneas, mucho más sencillas. Sus piernas están por definirse aún, así como su rostro, pintado de rojo. Su cuerpo se engrosa justamente debajo de sus pechos y se agranda, como el de una matrona (no sabemos si está embarazada). Yo digo que, al igual que el colgante, lo que anda en las bolsas son medicinas, qué sé yo si purgantes o anti-inflamatorios, dicen que tal vez era copal. Vería entonces en ella no tanto la figura de feminidad sublime o el cuerpo erótico que vi en sus fragmentos cuando la bauticé…. Sería más bien una “bruja” yerbera, que ejercía el oficio entre sagrado, mágico, mundano y práctico, de la medicina.
Es interesante ver que esta escultura empieza a formar parte de un imaginario público y académico desde el momento mismo de su descubrimiento. Ya no estoy seguro de saber por qué. Los arqueólogos que la descubrieron y nos la mostraron por primera vez alegaron –insistentemente- que la escultura estaba ligada a un manojo de huesos descarnados con los que ahora resulta que no tienen ningún vinculo. Me rehúso a especular sobre lo que estaban pensando. No sé quién dijo primero: “sacerdotisa de los ancestros”.
La descubrió, hecha añicos, una misión de arqueólogos de la Universidad de California en Berkeley, dirigida por la doctora Jeanne Lopiparo, precisamente a raíz de nuestros preparativos para abrir este Parque Arqueológico, que inauguramos hoy, a unos cinco kilómetros del entronque de la Autopista San Pedro-El Progreso, con la carretera que va hacia las lagunas de Ticamaya, antiguo vecindario del Rey Cicumba, genuino héroe de la resistencia indígena, que luchó con la espada y (ahora sabemos gracias a las investigaciones de Russel Sheptak) que también con la cabeza, para procurar la supervivencia de su pueblo. Aquí, a unos cientos de metros de Currusté, vivía con sus mujeres, después de derrotado, Cicumba, cuando lo tomaron preso los encomenderos.
La Venus se fabricó en algún “horizonte” del postclásico temprano o medio, del 900 al 1200 d. C., mientras que Cicumba vivió tres siglos después, para cuando las evidencias indican que el arte de la cerámica —cuyo epítome es esta pieza— había decaído mucho, técnicamente hablando, en el Valle de Sula; había perdido diversidad en sus formas y color y diseños con respecto al Clásico tardío, época de esplendor.
El sitio de Currusté fue parte de una decena de señoríos en que estuvo dividido el Valle, con su entorno o cuenca inmediata, como hoy está dividido en una decena de municipios. Florecieron largamente estas formaciones sociales que produjeron una lapidaria exquisita, vasijas de alabastro, cuyas canteras conocemos por los estudios de Christinne Wells y cuyas obras preciosistas se comerciaban desde Costa Rica hasta México.
Se fabricaba también una excelente cerámica pintada que imitaban en El Salvador. La decoración en el Valle es, a mi ver, un arte que alcanzó la perfección en piezas como los muertos nadadores, la cópula sacra, el hombre caimán, los venados danzantes y los monos saltando de los vasos… maravillosas obras maestras de la colección que se exhibe en el Museo de San Pedro Sula.
El parque es el sitio más visible e importante del valle, y la Venus de Currusté es, sin duda, una de las piezas más valiosas de arte antiguo encontradas en su suelo. Hay que felicitar a Berkeley, al Instituto y al Museo, por el triunfo que representan su rescate, restauración y próxima exhibición. Digo que ya es nuestra madre, la Venus.
La mujeres indígenas se mezclaron con los conquistadores y sus hijos con otros inmigrantes europeos y africanos. Sólo unos pocos, recién llegados, no llevan su sangre.

* Este trabajo fue leído por su autor el sábado 13 de diciembre de 2008, durante la ceremonia de inauguración de los senderos interpretativos del Parque Arqueológico Currusté, ubicado a 5 kilómetros de San Pedro Sula.

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